Entrevista con Juan Francisco Olea, director de ‘El cordero’

Juan Francisco Olea, nació en Santiago de Chile en el año 1984. A los 25 años de edad realizó su cortometraje titulado El Bluff. Para poder rodar su primer largometraje, El cordero (2014), Olea se vio obligado a autofinanciar el proyecto.

“‘El cordero’ habla sobre la necesidad humana de sentirse parte de un grupo en particular, de pasar desapercibido y ser parte de algo, y sobre el miedo a ser marginalizado, expuesto”, dice Olea.

El personaje principal es Domingo, un padre de familia que lleva una vida anodina con su familia devota. Un accidente mortal altera la calma y desata un torrente de violencia. La pelicula retrata con humor seco un Chile gris y conservador.

Olea presentó El cordero en el marco del 58º Festival Internacional de Cine de San Francisco, cuando aprovechamos para platicar con el entusiasta realizador.

¿Cómo te introdujiste al mundo del cine?
Salí del colegio y no sabía mucho qué hacer. Empecé a estudiar ingeniería civil para después especializarme en sonido. Como yo soy músico también lo veía como por esa rama. Pero a los tres años de ingeniería me harté. Y entonces, con un compañero estábamos buscando qué hacer. Y haciendo una retrospectiva de mi vida, cada vez que hacía algo que le metía y pasaba de largo en las noches trabajando era para hacer videos con mis amigos, videos de mi grupo. Siempre era en torno al video, la edición, el contar historias. Y con este compañero dijimos ‘¿sabes qué?, ¡cine!’

JuanFcoOlea__16__Low_InD¿Y fuiste a alguna escuela de cine?
Estudié 4 años en una escuela de cine que se llama UNIACC (Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación). En 2009 ya queríamos titularnos con El cordero. Escribimos el guión y empezamos de a poco a levantar la preproducción pero nos dimos de que a la historia le faltaba maduración. En vez de apurarnos y realizar la película, decidimos aplazarlo dos años, y reescribir, reescribir y reescribir. Llegamos como a 28 versiones del guión.

Se siente un guión bien construido, con varias líneas narrativas: el chavo de la cárcel, la sobrina que llega para cambiar las cosas, la esposa que quiere un segundo hijo…
Consistió en simplificar la trama principal y llegar a esta versión final ya pensando en quién iba a ser nuestro actor principal. De esa manera afrontamos la historia de qué cara ponerle a esta persona de la que estábamos escribiendo y pensamos al tiro en Daniel Muñoz, en el actor, sin que él supiera. Escribimos casi un año entero pensando en él.

El personaje de Domingo, un hombre que lleva una vida anodina y recatada…
Muy recatado y muy parco. Los típicos personajes que se encuentran en Chile. Esas personas que no quieren llamar la atención, quieren que la vida los pase por alto.

Me recordó al protagonista del libro ‘La tregua’ del escritor uruguayo Mario Benedetti.
Es un arquetipo bastante conocido en muchas culturas. En Chile sería el padre de familia de clase media que no va ni viene, y quiere los menos problemas posibles. El personaje está construido para corroborar nuestra tesis de que la moral es una construcción humana y relativa. Todos los elementos que van dibujando al personaje fueron planteándonos esa tesis. Queríamos poner a este personaje en una situación: un padre de una familia con un hijo nada más, la señora quiere tener un segundo hijo y él no quiere, inmersos en esta comunidad católica en Santiago. Tomando todo esto en conjunto comunica, dibuja al personaje y lo que el personaje quiere demostrar, el conflicto principal.
¿Es Daniel Muñoz conocido en Chile?
Sí. En la televisión hizo una serie muy popular, ‘Los ochenta’, [emitida 2008–2014] que gira en torno a una familia similar a la de ‘El cordero’ que se ve afectada por el entorno y tiene sus propios conflictos. Un drama familiar con el que mucha gente se identificó porque era muy representativo de las familias chilenas en los ochenta. A todo el público mayor le encantaba la serie.

elcordero_posterEntonces tanto Muñoz como ‘Los ochenta’ fueron inspiración para El cordero…
Más que nada para encontrarlo a él. Al verlo a él en esa posición del padre de familia, esforzado, de clase media. Nos sonaba muy bien. Cuando tratábamos de convencer a la gente acerca de nuestro proyecto de la película les decíamos, “Has visto ‘Los ochenta’?” Imagínate ese personaje, el padre, haciendo cosas malas y haciendo crímenes.

¿Cómo reunisteis el dinero para producir la película?
Las películas en Chile se financian mayoritariamente mediante el Fondo Audiovisual Chileno. Cuando nosotros postulamos se lo ganaban alrededor de 8 películas. Hoy se lo ganan como 5. Cada vez hay menos dinero para eso y más para otras cosas. La presidenta Bachelet está tratando de volcar los capitales hacia el área de educación y salud, y ha afectado muchas áreas de financiamiento, sobre todo la cultura. Hicimos todos nuestros intentos de conseguir financiamiento para la película a través del Estado y la verdad es que nunca pudimos, lo cual fue un poco desmotivante.

No teníamos cómo financiarla y tuvimos que tomar una decisión. Dijimos ‘¿le damos otro año más?’. Pero la espera de un año más agota y te mata. Así que empezamos a ver de qué manera le metíamos tijera al guión, le sacábamos todas las escenas caras y lo simplificábamos —contando la misma historia con recursos económicos que podíamos afrontar.

… y así reducir el presupuesto de la película. ¿A quién te refieres con nosotros?
Yo como director, el productor Cristóbal Zapata y el guionista Nicolás Wellmann. Entre los tres fuimos reconfigurando la historia. Por ejemplo el personaje principal Domingo trabajaba en una fábrica de maniquíes, pero como producir eso era más caro lo cambiamos a cualquier galpón. Fuimos reduciendo los elementos que le hubieran dado a la película un cierto valor de producción hasta algo que podíamos afrontar.

Así comenzamos a levantar financiamiento con nuestras propias familias, fondos personales, pidiendo préstamos al banco. Conseguimos gente en el equipo que le interesara trabajar gratis como su primera película para su propio ‘reel’. Pudimos pagar a gente clave como el asistente de dirección que tenía que tener experiencia. El resto fue gente muy motivada a la que les íbamos enseñando el camino.

¿Cómo fue el acercamiento a Daniel Muñoz?
Cuando le presentamos el guión a Daniel Muñoz estábamos nerviosos. No sabíamos qué esperar. Tal vez nos decía ‘no chiquillos, saben que, está bueno, pero no’. Y ahí se nos caía un poco todo y veíamos qué otro actor podía ser. Teníamos otros pero no nos convencían mucho. Pero le encantó de primeras y nos felicitó por el trabajo. Él sabía que no teníamos mucho dinero ni mucho presupuesto y nos dijo ‘páguenme lo que puedan pagarme, me da lo mismo, yo con el canal ganó suficiente, estoy contratado’. Y nos dijo ‘no me hagan trasnochar ni trabajar horas extras y ténganme café de grano, no café instantáneo, y listo’.

¿A qué se refiere El cordero del título?
Se refiere a la visión religiosa de los corderos, las ovejas que siguen al pastor. Domingo descubre que no siente culpa y va a la penitencia pero tiene un conflicto con el cura porque no puede confesarse sin sentir esta verdadera culpa. Se siente distinto al resto, como la oveja descarriada. Todos los pecados y crímenes que hace son para poder volver a ser parte del rebaño. Esa es la analogía que ocupamos. El cordero es una analogía bastante religiosa, por el tema del pecado, el perdón, y por el sacrificio. El cordero es el animal que se sacrifica.

¿Vienes de familia religiosa?
Sí, yo fui católico hasta los 15 años. Dejé de ir a misa cuando descubrí el otro mundo más racional.

Entonces basaste  tu película en tu propia vida.
Sí. Muchos elementos. La estética y la parte religiosa estaban sacadas de mi familia. Con la directora de arte fuimos a la casa de campo de mi abuela en Peumo, al sur de Santiago, a ver cómo eran los lugares y las decoraciones. Mi abuela era religiosa, había vírgenes, manteles, figuritas… Cuando uno ve la película reconoce algo bien chileno en ella. Y mi familia cuando la vio identificó todas esas cosas.

¿Cómo le está yendo a ésta tu primera película?
Partimos en el Festival de Biarritz donde estuvo en competencia. De ahí llegué a Santiago a presentarla en el festival SANFIC de Santiago, donde gané el premio al mejor director en la competencia internacional. Fue increíble e inesperado porque había películas muy buenas en la sección. Después fuimos al Festival de Cine Internacional de Chicago, también en la sección de nuevos directores. Y al Festival Latinoamericano de La Habana, Cuba, compitiendo con 21 películas. También estuvimos en Mar del Plata, Argentina, y fuimos en competencia acá en California, en Newport y Santa Barbara, y ahora acá en San Francisco.

Patricio Guzmán, Pablo Larraín, Dominga Sotomayor, Mayeli Rivas, Alejandro Fernández Almendras, Sebastián Leilo, Sebastián Silva, Rodrigo Sepúlveda… ¡Tanto buen cine en Chile!
Cuando uno llega a festivales la gente incluso comenta ‘ojo hay películas chilenas en competencia’. Como que ya hay un cierto prestigio. Se está retroalimentando muy bien el cine chileno afuera, lo que ha permitido que los cineastas puedan tener contacto con otros realizadores en los festivales y alimentarse para hacer sus propias películas, nuevos proyectos, aprender cómo llevarlos a cabo, cómo hacer networking para financiarlo… Había pocos directores que salían afuera de Chile hace diez años. Motiva esta nueva escena del cine chileno en el mundo, para todos los realizadores que hay en el país.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?
Estamos consiguiendo financiamiento para filmar una nueva película que se desarrolla en el norte de Chile, en el desierto de Atacama. Muestra la vida y la cultura de la minería artesanal del cobre. Estos viejos que están en la mitad del desierto, solos, aislados, con unas vidas muy duras, rompiendo la piedrita para sacar el cobre y vendérselo a la grande minería. Queremos dar a conocer esta cultura a través de una historia muy bonita y esperanzadora.

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